
– ¿Aquí?
– No, me refiero en su casa, pero… -dejó las palabras en el aire mientras miraba a su alrededor. Vio un palo largo a unos metros y se levantó-. Esto le servirá -dijo, cuando lo recogió y se lo ofreció-. ¿Necesita ayuda para ponerse de pie?
Él dibujó una salvaje sonrisa cuando se acercó a ella.
– Cualquier excusa para estar en sus brazos, querida señorita Lyndon.
Ellie sabía que tendría que haberse ofendido, pero es que el conde se estaba esforzando mucho en ser encantador y, aunque le costara reconocerlo, lo estaba consiguiendo. Y fácilmente. Ellie supuso que por eso era un donjuán con tanto éxito. Se colocó detrás de él y lo agarró por debajo de los brazos.
– Le advierto que no soy demasiado delicada.
– ¿Por qué no me sorprende?
– A la de tres. ¿Está listo?
– Supongo que eso depende de…
– Una, dos… ¡tres! -con un gruñido y un tirón, Ellie levantó al conde. No fue nada fácil. Pesaba veinticinco kilos más que ella y, encima, estaba ebrio. Al conde le fallaron las rodillas y ella estuvo a punto de maldecir en voz alta cuando tuvo que sujetarlo con sus piernas. Entonces el conde empezó a tambalearse hacia el otro lado, y Ellie tuvo que colocarse delante de él para evitar que se cayera.
– Así se está de maravilla -murmuró él cuando tuvo su pecho pegado al de ella.
– Lord Billington, debo insistir en que utilice el bastón.
– ¿Contra usted? -parecía intrigado por aquella petición.
– ¡Para andar! -exclamó ella.
Él hizo una mueca ante el ruido agudo y meneó la cabeza. -Es algo muy extraño -murmuró-, pero siento la urgente necesidad de besarla.
Por una vez, Ellie no supo qué decir.
Él se mordió el labio inferior de forma pensativa.
– Creo que debería hacerlo.
