Aquello bastó para hacerla reaccionar; saltó a un lado y el conde cayó al suelo otra vez.

– ¡Por el amor de Dios, mujer! -gritó él-. ¿Por qué ha hecho eso?

– Iba a besarme.

Él se frotó la cabeza, con la que había golpeado el tronco de un árbol.

– ¿Tan terrible era la idea?

Ellie parpadeó.

– Exactamente terrible, no.

– Por favor, no diga que era repulsiva -refunfuñó-. No podría soportarlo.

Ella exhaló y le ofreció una conciliadora mano.

– Siento mucho haberlo soltado, milord.

– Una vez más, su cara es la viva imagen del arrepentimiento.

Ellie contuvo el impulso de golpear el suelo con los pies.

– Esta vez lo decía de verdad. ¿Acepta mis disculpas?

Él arqueó las cejas y dijo:

– Parece que, si no lo hago, vaya a hacerme daño.

– Oh, vamos -dijo ella entre dientes-. Intento disculparme.

– Y yo intento aceptar sus disculpas.

Alargó el brazo y aceptó la enguantada mano. Ella lo ayudó a levantarse y, cuando el conde se estabilizó con la ayuda del palo, Ellie se separó de él.

– Le acompañaré a Bellfield -dijo ella-. No está demasiado lejos. ¿Podrá llegar a su casa desde allí?

– He dejado el carruaje en el Bee and Thistle -respondió él.

Ella se aclaró la garganta.

– Le agradecería que se comportara con amabilidad y discreción. Puede que esté soltera, pero debo proteger mi reputación.

Él la miró de reojo.

– Me temo que hay quien me considera un canalla.

– Lo sé.

– Su reputación quedó estropeada en cuanto caí encima de usted.

– Por todos los santos, ¡se ha caído de un árbol!

– Sí, claro, pero usted me ha tocado el tobillo con las manos.

– Ha sido por el más noble de los motivos.

– Francamente, me pareció que besarla también parecía bastante noble, pero usted no pensaba lo mismo.

Ella apretó los labios.

– Me refiero exactamente a ese tipo de comentarios frívolos. Sé que no debería, pero me preocupa lo que la gente piense de mí, y tengo que vivir aquí el resto de mi vida.



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