Hacía frío en el agua y McCaleb se abrochó el chubasquero. Al aproximarse al Following Sea distinguió el brillo de la televisión detrás de las cortinas del salón. Eso significaba que Buddy Lockridge no había terminado a tiempo de tomar el último trasbordador y se iba a quedar a pasar la noche.

McCaleb y Lockridge trabajaban juntos el negocio de las excursiones de pesca. El barco estaba puesto a nombre de Graciela y la titularidad de la licencia para las excursiones y del resto de la documentación relacionada con el negocio era de Lockridge. Los dos hombres se habían conocido más de tres años antes, cuando McCaleb tenía atracado el Following Sea en el puerto deportivo de Cabrillo, en Los Ángeles, y vivía a bordo mientras se dedicaba a restaurarlo. Buddy residía en un barco vecino y ambos habían desarrollado una amistad que en los últimos tiempos se había convertido en sociedad.

Durante las agitadas temporadas de primavera y verano, Lockridge se quedaba muchas noches en el Following Sea, pero en temporada baja solía tomar un trasbordador hasta su barco amarrado en el puerto deportivo de Cabrillo. Al parecer tenía más éxito en los bares de la ciudad que en los escasos locales de la isla. McCaleb supuso que volvería a la mañana siguiente, puesto que no tenían ninguna otra salida hasta al cabo de cinco días.

McCaleb chocó con la Zodiac en la bovedilla del Following Sea. Paró el motor y salió con la cinta y la carpeta. Ató la lancha a la cornamusa y se dirigió a la puerta del salón. Buddy estaba esperándolo allí, porque habría oído la Zodiac o habría notado el golpe en la popa. Abrió la puerta corredera, con una novela de bolsillo en la mano. McCaleb echó un vistazo a la tele, pero no pudo distinguir qué estaba viendo.

– ¿Qué pasa, Terror? -preguntó Lockridge.

– Nada. Necesito trabajar un poco. Usaré el camarote de proa, ¿vale?



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