
Estiró el brazo y cubrió la espalda de la niña con la mano. Ella no se movió. McCaleb sentía el latido del minúsculo corazón. Parecía acelerado y desesperado, como una plegaria susurrada. En ocasiones ponía la mecedora al lado de la cuna y se quedaba observando a la pequeña hasta muy tarde. Esa noche era diferente. Tenía que irse. Tenía trabajo que hacer y no estaba seguro de si estaba allí para darle las buenas noches a Cielo o si de algún modo también buscaba obtener de la niña inspiración o aprobación. Bien pensado no tenía sentido, sin embargo, sabía que tenía que observarla y tocarla antes de ponerse a trabajar.
McCaleb caminó por el embarcadero y luego bajó las escaleras hasta el muelle de los esquifes. Encontró su Zodiac entre las otras pequeñas lanchas y subió a bordo, con cuidado de poner la cinta de vídeo y el expediente de la investigación bajo la protección de la proa inflable. Tiró dos veces de la cuerda hasta que el motor se puso en marcha y se dirigió hacia el carril central del puerto. En Avalon no había atracaderos, las embarcaciones estaban atadas a boyas dispuestas en líneas que seguían la forma cóncava del puerto natural. Como era invierno, había pocos barcos, pero de todos modos McCaleb no cortó camino pasando entre las boyas. Siguió los pasillos, del mismo modo que cuando uno conduce por las calles del barrio no pasa por encima de los jardines de los vecinos.
