Le molestaba, porque suponía una especie de invasión. McCaleb había pensado en cerrar con llave el camarote de proa, pero llegó a la conclusión de que eso habría sido un error irreparable. La única escotilla de la cubierta inferior estaba en el camarote de proa y no podía bloquearse el acceso a ella por si era necesaria una evacuación de emergencia por esa parte.

Dejó la tele sobre el escritorio y la enchufó. Iba a regresar al salón para coger la cinta y la carpeta cuando vio a Buddy bajando la escalera con el vídeo en la mano y hojeando el expediente.

– Eh, Buddy…

– Está como un cabra, tío.

McCaleb estiró el brazo y cerró la carpeta, y a continuación cogió la cinta de la mano de su socio y compañero de pesca.

– Sólo estaba echando un vistazo.

– Te he dicho que es confidencial.

– Sí, pero ya sabes que trabajamos bien juntos.

Era cierto que, por casualidad, Lockridge había sido de gran ayuda para McCaleb cuando éste investigó la muerte de la hermana de Graciela. Pero eso había sido una investigación de calle activa. Esta vez sólo se trataba de revisar una documentación y no necesitaba a nadie mirando por encima de su hombro.

– Esto es distinto, Buddy. Es cuestión de unas horas. Sólo voy a echar un vistazo y ya está. Ahora deja que empiece a trabajar. No quiero pasarme aquí toda la noche.

Lockridge no dijo nada y McCaleb no esperó. Cerró la puerta del camarote de proa y se volvió hacia el escritorio. Al bajar la mirada hacia el expediente sintió un estremecimiento unido a la familiar sensación de terror y culpa.

McCaleb sabía que era el momento de sumergirse de nuevo en la oscuridad, de explorarla y conocerla, porque sólo así podría atravesarla. Asintió con la cabeza, aunque estaba solo. Era una manera de reconocer que había estado mucho tiempo esperando ese momento.



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