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La imagen del vídeo era clara y estable, la iluminación buena. Los aspectos técnicos de la grabación de la escena de un crimen habían mejorado mucho desde sus días en el FBI. El contenido era el mismo. La cinta que McCaleb estaba mirando mostraba el retablo crudamente iluminado de un asesinato. Finalmente congeló la imagen y la examinó. El camarote estaba en silencio, y la única intrusión del exterior era el suave batir del mar contra el casco del barco.
En el centro de la pantalla se hallaba el cuerpo desnudo de un hombre que había sido atado con cuerda de empacar. Tenía los brazos y las piernas firmemente sujetas detrás del torso, hasta tal extremo que la postura del cadáver parecía el reverso de la posición fetal. El cuerpo estaba boca abajo sobre una moqueta vieja y sucia. La cámara enfocaba el cadáver demasiado de cerca para determinar en qué clase de sitio había sido hallado. McCaleb suponía que la víctima era un hombre basándose sólo en la masa corporal y la musculatura, porque un cubo de fregar gris colocado sobre la cabeza impedía ver la cara. Un trozo de cuerda ataba los tobillos de la víctima, le subía por la espalda, pasaba entre los brazos y por debajo del reborde del cubo, donde estaba enrollado al cuello. A primera vista daba la sensación de que era una ligadura de estrangulación en la cual la palanca de piernas y pies tensaba la cuerda en torno al cuello de la víctima, causándole asfixia. En efecto, la víctima había sido atada de tal modo que en última instancia se había provocado su propia muerte al ser incapaz de mantener las piernas flexionadas en una posición tan antinatural.
McCaleb continuó con su examen de la escena. Una pequeña cantidad de sangre se había derramado sobre la moqueta desde el cubo, lo cual indicaba que iba a ver alguna herida en la cabeza cuando se retirara el cubo.
McCaleb se arrellanó en su vieja silla de escritorio y reflexionó sobre su primera impresión.
