
McCaleb vio un número en el coche de golf que pasaba por debajo. Era alquilado. No era ningún vecino. Probablemente se trataba de alguien que había llegado en el Catalina Express. Aun así, se preguntaba por qué Graciela sabía que el visitante se dirigía a su casa y no a ninguna de las otras de La Mesa.
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No hizo ninguna pregunta; ella ya había tenido premoniciones antes. Se limitó a esperar y poco después de que el cochecito de golf desapareciera de su campo visual, llamaron a la puerta. Graciela fue a abrir y no tardó en regresar a la terraza acompañada de una mujer a la que McCaleb no había visto desde hacía tres años.
La detective de la oficina del sheriff Jaye Winston sonrió al ver al bebé en sus brazos. Era una sonrisa genuina, pero al mismo tiempo era la sonrisa de desconcierto de alguien que no había venido a conocer un bebé. McCaleb sabía que la gruesa carpeta verde que llevaba en una mano y la cinta de vídeo que sostenía en la otra significaban que Winston había venido por trabajo. Trabajo relacionado con la muerte.
– Terry, ¿qué tal?
– No podría estar mejor. ¿Recuerdas a Graciela?
– Claro, y ¿quién es este bebé?
– Es CiCi.
McCaleb nunca utilizaba el nombre formal de la niña con los demás. Sólo la llamaba Cielo cuando estaba a solas con ella.
– CiCi -repitió Winston, y vaciló como si estuviera esperando una explicación, pero como no le dieron ninguna agregó-: ¿Qué tiempo tiene?
– Casi cuatro meses. Es grandota.
– Vaya, sí, ya lo veo… Y el niño, ¿dónde se ha metido?
– Raymond -dijo Graciela-. Está con unos amigos hoy. Terry tenía una excursión de pesca y por eso se ha ido al parque a jugar a softball.
La conversación era entrecortada y extraña. O bien Winston no estaba interesada o no estaba habituada a ese tipo de charla intrascendente.
