– ¿Te apetece beber algo? -preguntó McCaleb, al tiempo que le entregaba el bebé a Graciela.

– No, gracias, me he tomado una Coca-cola en el ferry.

Como si le hubieran dado pie, o tal vez indignada por ser pasada de unos brazos a otros, la niña empezó a llorar y Graciela dijo que se la llevaría adentro. Dejó a Winston y a McCaleb en el porche. McCaleb señaló la mesa redonda y las sillas donde cenaban muchas noches cuando la pequeña dormía.

– Mejor nos sentamos.

Cedió a Winston la silla que ofrecía una mejor perspectiva del puerto. Ella puso en la mesa la carpeta verde, que McCaleb reconoció como el expediente de un asesinato, y encima la cinta de vídeo.

– Es preciosa -dijo ella.

– Sí, es encantadora. Me quedaría mirándola todo el…

McCaleb se detuvo y sonrió al darse cuenta de que ella estaba hablando de la vista y no de su hija. Winston también sonrió.

– La niña es preciosa, Terry. De verdad. Tú también tienes buen aspecto con este bronceado.

– He estado saliendo en el barco.

– ¿Y la salud va bien?

– No puedo quejarme de nada más que del montón de pastillas que me hacen tomar. Pero llevo tres años ya, y sin problemas. Creo que estoy a salvo, Jaye. Sólo tengo que seguir tomando esas condenadas pastillas y debería seguir así.

McCaleb sonrió y ciertamente parecía la personificación de la salud. El mismo sol que había oscurecido su piel había causado el efecto contrario en su cabello. Cortado muy corto y limpio, parecía casi rubio. El trabajo en el barco también había contribuido a definir los músculos de brazos y hombros. Lo único que lo delataba quedaba oculto por la camisa: la cicatriz de treinta y tres centímetros dejada por el trasplante.

– Enhorabuena -comentó Winston-, parece que te ha ido muy bien. Nueva familia, nueva casa… apartado de todo.

Winston se quedó callada un momento, volviendo la cabeza como si quisiera asimilar la panorámica y la isla y la vida de McCaleb, todo a la vez.



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