
– Ésa es una manera muy educada de describir a los padres de Julianne. Emily trajo risas y diversión a lo que de otro modo hubiera sido una infancia muy solitaria para Julianne. Me cae bien cualquiera que haga sonreír a mi mujer.
Logan sacudió la cabeza y se rio entre dientes.
– Santo Dios, ese pequeño bastardo que es Cupido te ha arrojado todo un carcaj de flechas. Prácticamente puedo ver pequeños corazones flotando alrededor de tu cabeza, como si fueran un halo de amor.
– No tengo ningún halo. Pero sí, ese pequeño bastardo de Cupido me ha dado de lleno. Y te aseguro que es lo mejor que me ha ocurrido nunca. -Miró a Logan de reojo. -¿Por qué no te has casado? Resulta difícil creer que ninguna madre casamentera te haya echado el lazo al cuello y te haya arrastrado hasta el altar.
– El hecho de ser un tosco colonial las contiene bastante, aunque no dudo de que mi riqueza haría inclinar la balanza a mi favor. Pero, además, parezco poseer una desafortunada predilección por aquellas mujeres que ya han comprometido su corazón.
– Eso debe de ser duro.
– En efecto. Varias preciosas mujeres se me han escabullido de entre los dedos desde que llegué a Londres.
– No. Me refería a tu riqueza. El hecho de no saber nunca si es tu dinero lo que atrae a las mujeres. Es el problema que ha tenido Julianne durante toda su vida, uno que yo nunca he conocido ni me hubiera gustado conocer.
– Le lanzó a Logan una mirada. -La verdad es que no me gustaría estar en tu pellejo.
Un jadeo de sorpresa escapó de los labios de Logan.
