El Conde volvió la cara hacia el rubio grande que ya se acercaba con las cervezas, las ponía sobre la mesa y, sin hablar, se alejaba hacia los tanques.

– Son tus guardaespaldas, ¿no?

– Son mis patas, Condesito, y sirven para lo que sea.

– Oye, Candito -dijo entonces el Flaco-, ¿y a cómo está el laguer?

– Depende, Carlos, según se consiga. Ahora mismo está complicado y lo puse a tres cañas. Pero lo de ustedes va por la casa, y eso sí que no se discute, ¿okey? -y sonrió cuando llegaba Cuqui con un plato rebosante de lascas de jamón, queso y galletas-. Está bien, negra, sigue en tu descarga con la novela esa -y la despidió con una caricia en las nalgas.

La frialdad de la cerveza produjo cierta paz en el espíritu acalorado del Conde, que lamentó haber bebido la primera botella casi sin respirar. Ahora sólo le molestaba el volumen agresivo de la música y la sensación de desvalimiento que le provocaba estar de espaldas a los demás clientes, pero comprendía que Candito era quien debía mirar hacia el resto de las mesas y decidió despreocuparse cuando el rubio le cambió una vacía por otra llena. La eficiencia regresaba a la ínsula.

– ¿Y en qué andas, Conde? -Candito bebió varios tragos cortos-. Hace rato que te me perdiste.

El Conde probó el jamón.

– Ahora estoy de tarugo, porque me suspendieron después de la bronca que tuve con un imbécil ahí. Me pusieron a llenar tarjetas y no me dejan ni asomarme a la calle… Y tú sí cambiaste tu onda completa.

Candito bebió un trago largo de su botella.

– Tiene que ser así, Conde, y tú lo sabes: lo que uno no puede es quemarse en ningún bisne. Lo de los zapatos estaba medio en candela y na, cambié el picheo. Tú sabes que la calle está durísima y que, si uno no tiene pesos, está fuera del juego, ¿no?

– Si te cogen en esto vas a tener líos. Por lo menos de una buena multa no te salva ni Dios… Y si a mí me cogen aquí, no salgo de tarugo por el resto de mi vida.



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