Candito lo miró a los ojos y asintió: sí, podía pasar. Pero, desde la cocina, el Conde observó por un momento a los clientes: casi todos eran hombres, sólo tres mujeres, y trató de identificar algún rostro. El instinto lo hizo tocarse la cintura para advertir la ausencia de su pistola, pero se tranquilizó al no reconocer a nadie. Cualquiera de aquellos personajes podía haber tenido un diálogo previo con él en la Central de Policía y al Conde no le gustaba la idea de reencontrárselo en un sitio así.

Las mesas eran redondas, de mármol barato sobre patas de hierro, y en ellas se acumulaban las botellas vacías. Una lámpara de luz fría iluminaba el local y una grabadora pasaba, a todo volumen, canciones adoloridas de José Feliciano, cuya voz trataba de imponerse a la de los bebedores. Junto a un lavadero, dos tanques de metal sudaban su hielo contra el calor del ambiente. Candito avanzó hacia la mesa ubicada en un rincón, que ocupaban dos especímenes de aspecto temible. Les habló en voz baja. Los hombres asintieron y abandonaron sus asientos: uno era un rubio enorme, de más de seis pies y brazos larguísimos, con una cara poblada de tantos cráteres como la superficie lunar; el otro, más pequeño y de piel tan negra que parecía azul, debía de ser nieto directo y heredero universal del mismísimo hombre de Cromagnon: la teoría darwinista de la evolución se le reflejaba en su prognatismo exagerado y en aquella frente angosta donde brillaban las luces amarillas de unos ojos de animal selvático. Con un gesto, Candito el Rojo le pidió al Conde que acercara la silla de Carlos, y con otro indicó a los hombres que le sirvieran tres.

– ¿Qué le dijiste a los cavernícolas esos? -murmuró el Conde mientras se sentaban.

– Tranquilo, Conde, tranquilo. Aquí estás de anónimo, ¿no? Esos son mis patas en el negocio.



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