
Virgilio Piñera:Electra Garrigó, acto III
Ante todo importa admitir que, al igual que la peste, el teatro es un delirio y es contagioso.
Antonin Artaud:El teatro y su doble
Todos usamos máscaras…
Batman
El calor es una plaga maligna que lo invade todo. El calor cae como un manto de seda roja, ajustable y compacto, envolviendo los cuerpos, los árboles, las cosas, para inyectarles el veneno oscuro de la desesperación y la muerte más lenta y segura. Es un castigo sin apelaciones ni atenuantes, que parece dispuesto a devastar el universo visible, aunque su vórtice fatal debe de haber caído sobre la ciudad hereje, sobre el barrio condenado. Es el martirio de los perros callejeros, enfermos de sarna y desamparo, que buscan un lago en el desierto; de esos viejos que arrastran bastones más cansados que sus propias piernas, mientras avanzan contra la canícula en su lucha diaria por la subsistencia; de los árboles antes majestuosos, ahora doblegados por la furia de los grados en ascenso; de los polvos muertos contra las aceras, añorantes de una lluvia que no llega o un viento indulgente, capaces de revertir con su presencia aquel destino inmóvil y convertirlos en lodo o en nubes abrasivas o en tormentas o en cataclismos. El calor lo aplasta todo, tiraniza al mundo, corroe lo salvable y despierta sólo las iras, los rencores, las envidias, los odios más infernales, como si su propósito fuera provocar el fin de los tiempos, la historia, la humanidad y la memoria… ¿Pero cómo puede hacer tanto calor, coño?, susurró mientras se quitaba los espejuelos oscuros para secar el sudor que le ensuciaba la cara y escupía hacia la calle una saliva gruesa y escasa que rodó sobre el polvo demasiado sediento.
El sudor le ardía en los ojos, y el teniente Mario Conde miró hacia el cielo, para clamar por la piedad de alguna nube propicia.
