Y fue entonces cuando los gritos de júbilo atraparon su cerebro. Volaban trayendo una algarabía densa, de coro ensayado, que se expandió como si hubiera brotado de la tierra y se deslizara contra el calor de la tarde, se irguiera por un momento sobre el rugido de los autos y los camiones que corrían por la Calzada, y se abrazara taimadamente a la memoria del Conde. Pero sólo al llegar a la esquina, los vio: mientras un grupo festejaba, saludándose con palmadas y más gritos, otros discutían, también en voz alta y con caras de buenos enemigos, culpándose mutuamente por la misma razón que los otros eran tan felices: éstos perdieron y aquéllos ganaron, concluyó con facilidad cuando se detuvo a mirarlos. Había muchachos de varias edades, entre los doce y los dieciséis, de todos los colores y de todas las trazas, y el Conde pensó que si alguien como él, veinte años antes, se hubiera parado en esa misma esquina del barrio al escuchar una algarabía similar, hubiera visto exactamente lo que él veía: muchachos de todos los colores y todas las trazas, sólo que ése, el que más discutía o festejaba, seguramente hubiera sido el Condesito, el nieto de Rufino el Conde. De pronto se respiraba la ilusión de que allí no existiera el tiempo, porque aquella bocacalle precisa había servido desde entonces para jugar pelota, aunque en ciertas temporadas apareciera, alevoso y traicionero, un balón de fútbol, o un aro de básquet clavado en el poste de la electricidad. Pero al poco tiempo la pelota -al bate, a la mano, al cuatroesquinas, a los tresrolling-un-fly o la pared- volvía a imponerse, sin demasiadas controversias, sobre esas modas pasajeras: la pelota los contagió, como una pasión crónica, y el Conde y sus amigos la habían sufrido en proporciones virulentas.

A pesar del calor, las tardes de agosto siempre habían sido las mejores para jugar pelota en la esquina. La época de las vacaciones propiciaba que todo el mundo estuviera a todas horas en el barrio, sin nada mejor que hacer, y el sol sobreexcitado del verano permitía jugar hasta más allá de las ocho de la noche, cuando algún partido de veras lo merecía.



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