Mac, con el ceño fruncido, miró al sacerdote. El reverendo tenía el rostro tan rojo como Kelly.

– Yo os declaro marido y mujer. Puede besar a la novia. «Ahora, Mac» -repitió, al ver que el novio lo miraba.

¡Maldita sea! Se dijo Mac. Entonces agarró el velo de encaje y se inclinó. Por una razón que él no supo, los ojos de Kelly lo miraron con una intensidad mucho mayor. El no podía imaginar por qué estaba preocupada. Sólo era un beso. Un gesto tradicional. No iba a durar más de un segundo. Debía saber que no tenía que tener ningún miedo de él.

Y luego la besó.

El beso fue breve. Más rápido de lo que un hombre tarda en llenarse de aire los pulmones. Mac tenía que agradecérselo y prometerle que nunca le haría daño. Jamás. Cuando se inclinó para rozar sus labios, no pensó en nada más que en el deseo mutuo de terminar cuanto antes.

Pero en se breve espacio de tiempo algo pasó. El no podía explicarlo. Fue sólo… que los labios de ella eran más calientes que el sol de verano. Más suaves que la primavera, más que el roce de una brisa ligera. Tenía un sabor joven y dulce y vibrante, y hacía miles de años que Mac no sentía aquello. El era un hombre adulto. Hacía mucho tiempo que había dejado a un lado el idealismo juvenil, pero en ese instante recordó los años en que había sido joven… y estúpido. Cuando el amor lo era todo para él y la vida le ofrecía un sin fin de peligros y posibilidades. Hasta aquel segundo, no había vuelto a recordar aquel deseo enorme de amar.

No sabía por qué un beso corto de Kelly le había Capitulo Dos hecho evocar todo aquello.

Pero cuando él levantó la cabeza, dos círculos rojos le teñían las mejillas y el pulso se le había acelerado sin control.

Capítulo Dos

– ¿Cuánto falta?



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