
– ¿Incómoda? -el hombre se levantó inmediatamente-. ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Es por el niño? ¿Te sientes mal?
– No, no… no es ese tipo de malestar. Me siento… No sé. Me he metido de repente en tu vida y sé que, aunque hayamos hecho esto por razones importantes, va a ser difícil sentirnos cómodos juntos. Miro esta casa y todo me dice que es para un hombre soltero, no para que una mujer venga y ponga cortinas de encaje y cojines rosas…
– No hay problema, Kelly. Si tú quieres cortinas de encaje… -dijo él, confundido.
– No. ¡Caramba, quedarían fatal! – se imaginó las cortinas contra la madera rojiza y estuvo a punto de soltar una carcajada-. No quería decir que me importara algo así. Sólo quería… ¿Te importa que te haga una pregunta?
– Claro que no. Adelante -dijo, sentándose en uno de los sillones tapizados de verde oscuro. Hizo un gesto para que ella hiciera lo mismo.
Ella pensó en que sería mejor sentarse en una silla dura, ya que sabía lo que le costaba levantarse y sentarse, pero la única silla de la habitación estaba muy lejos de Mac. Así que se dejó caer sobre uno de los cómodos sillones.
– Hemos hablado ya de muchas cosas. Sé que te diste cuenta del miedo que tenía la noche que fui atacada…
– Sí, lo sé. Y me gustaría tener el poder de cambiar las cosas, Kelly, pero me temo que los delincuentes sienten cierta especial atracción por familias como la nuestra.
– Ahora lo entiendo, pero cuando me enamoré de tu hermano, nunca pensé en ello ni en cómo podría afectar a mí o a la de mi hijo -la muchacha dio otro sorbo de leche-. Lo que intento decir, es que al pedirme que me casara contigo, se solucionaron muchas cosas. Aunque sólo con respeto a la seguridad. Ahora tengo tu apoyo y el apoyo de toda la familia, a parte de esos muros altos y gruesos.
– Y tu bebé tendrá un apellido.
Ella asintió.
