Mac no se dio cuenta de que la mirara de una manera especial. Además, eran demasiadas preguntas.

– No recuerdo a nadie que me preguntara nunca por mis aficiones. Y no creo que mi propia hermana sepa mis platos favoritos.

– Pero Chloe no vive contigo. Yo sí. Tampoco quiero interferir en tu espacio, Mac, y será mucho más fácil si sabemos los hábitos de cada uno. ¿Te gustan las camisas almidonadas?

– ¡Yo que sé! Las llevo a la tintorería y me las devuelven preparadas. Siempre pensé que era algo mágico. Nadie me dijo nunca que pudiera elegir.

Ella murmuró algún comentario gracioso sobre los hombres y luego continuó. Mucho rato, Mac estuvo soportando preguntas sobre las cuentas de la casa y dónde guardaba los recibos. También le preguntó lo que le gustaba leer, o si había llamadas que le molestaran y quería que las contestara ella.

Mac no recordaba haber tenido nunca una conversación así con nadie. Nunca le habían hecho unas preguntas tan personales, ni siquiera él había pensado en muchas de aquellas cosas hacía años. Mientras hablaban, pensó que tenía que cuidarla, aunque le fuera en ello la vida. Ella no sólo estaba embarazada, además había tenido que soportar experiencias traumáticas en los últimos tiempos y él iba a intentar que su vida fuera más fácil.

– No, no te desesperes, Mac. Casi hemos terminado…

– No estoy desesperado. Yo nunca me desespero.

– ¡Ah! Eso estaba en mi lista. ¿Qué tipo de cosas te hacen perder la paciencia? La verdad es que creo que no tendré problema en imaginarlo yo misma

– continuó ella, con un gesto travieso breve-. También tengo que hablarte de algo desagradable, así que prepárate. Es sobre dinero.

¡Ya era hora! Mac sospechaba que ella era una mujer práctica.



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