
– No, claro que no. Por cierto, ¿te gustan las galletas con miel y pasas?
– ¿Qué?
– Es que me a mí me apetecen. Y me parece que es un buen día para hacerlas. Por cierto, que he decidido que podemos poner el cuarto del niño arriba, al lado del baño.
– Muy bien -asintió él, echándose una taza de café. Iba a necesitar la cafeína para seguir charlando con la «señorita eficiencia».
– ¿Te parece bien si pinto las paredes de ese cuarto?
– No.
– ¿Cómo que no? Ya sé que el color azul oscuro es bonito, pero no me parece adecuado para un bebé. Creo que un niño preferiría un color más alegre…
– No me refería a lo de pintar la habitación. Puedes hacer los cambios que quieras en la casa, pero lo que no quiero es que lo hagas tú sola.
Estuvieron un buen rato discutiendo; Ella argumentó que estar embarazada no era lo mismo que estar enferma. También le dijo que le encantaba pintar y que podía hacerlo sola. Luego, en un momento de la conversación, le puso un bol en el regazo y le ordenó que batiera la crema que había dentro. El se dio cuenta de que llevaba horas sin preocuparse del trabajo, y al verse allí sentado con el bol entre las manos se le escapó una sonrisa.
Hacía años que no se sentía tan relajado. A él le gustaba llevar un ritmo fuerte de vida con poder y responsabilidades, pero lo que nunca se le había ocurrido era que ese matrimonio sería tan sencillo. No pensaba que vivir con Kelly sería tan divertido. Se trataba de una mujer que charlaba sin cesar y que llenaba por sí sola toda la casa de luz y alegría. No paraba de bromear ni un momento, era una mujer increíble.
Por un momento, deseó que no dejara nunca de nevar. Le hubiera gustado que todo excepto ellos desapareciera durante un tiempo.
Por un momento, se sintió como un verdadero esposo Y pensó que ella le pertenecía y que era normal que estuvieran allí juntos.
Pero entonces, como no podía ser de otra forma, el teléfono sonó.
