– O sea, ¿que no tendrás problemas durante el parto? -insistió Mac, recuperando la calma.

– No, estoy perfectamente. Oye, por cierto, me acabo de acordar de… ¿Sabes si mañana por la noche hará buen tiempo?

– ¿Qué sucede mañana por la noche?

– Mañana a las seis y media tengo que ir a la clase de preparación del parto. No es que me apasione la idea de ir mañana, pero es que sólo va a haber cuatro y he ido nada más a la primera…

– No te preocupes, yo te llevaré. ¿Y estabas pensando en ir sola?

– Sí, Mollie se ofreció a venir conmigo como ayudante. Y también Amanda, la que trabaja con tu primo en marketing. E incluso tu tía Kate insistió en que estaría encantada de acompañarme, pero yo les dije que preferiría ir sola.

– ¿Que no quieres que nadie te ayude?

– No, me conozco y sé que tengo poco aguante para el dolor, pero también sé que puedo manejar mejor la situación si estoy sola. Estaré más tranquila.

A él no le gustó la idea de que ella prefiriera estar sola en ese momento, y lo que menos le gustó fue que no se le ocurriera pensar que él, como marido, querría estar allí ayudándola.

De pronto ella le puso una mano sobre el estómago. Y Mac notó que el pulso se le aceleraba de manera increíble. Luego se dio cuenta de que ella lo único que quería era apartarlo para poner en marcha el lavavajillas.

– Si quieres estar sola durante el parto, de acuerdo -dijo él, dejándola pasar-. Pero si no te importa, me gustaría acompañarte a las prácticas.

– ¿Es que quieres aprender a gruñir y a gemir?

– se burló ella.

– Me gustaría saber por lo que vas a pasar, si no te importa.



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