– Por supuesto que sí voy a llevarla. El señor Fortune me ordenó que cuidara de usted. Y ahora, debemos marcharnos para que llegue usted a tiempo.

Kelly fue todo el camino algo enfurruñada. Martha y Benz eran una pareja encantadora, pero no paraban de repetir «el señor Fortune ordenó», y esa frase la sacaba de quicio.

– Si este matrimonio sigue adelante, voy a tener que cambiar muchas cosas -murmuró ella con enojo.

– ¿Qué dice, señora?

– Digo que es absurdo que tengas que llevarme a la ciudad con el frío que hace, que no debe ser nada bueno para tu artritis.

– Pero usted no debe sentirse culpable. El señor Fortune ordenó que…

– Ya sé, ya sé.

Kelly comenzó a pensar en que Mac debía de sentirse muy solo con todo el mundo llamándole el señor Fortune. Durante el tiempo que había pasado en la casa, todo el mundo que llamaba preguntaba por el señor Fortune, como esperando que éste hiciera algo por ellos, pero nadie había llamado para decir simplemente: «Hola, Mac».

Claro, que se veía que Martha y Benz le estimaban y seguro que su familia también se preocupaba por él, pero era como si no tuviera ninguna relación verdaderamente íntima.

– Y no hablo de sentarnos a comer galletas, pero podía tomarse al menos unos días de vacaciones.

– ¿Está usted hablando sola?

– No creas que necesito una camisa de fuerza, Benz. Creo que esto es normal en las mujeres embarazadas. Simplemente estaba diciendo que tenemos que conseguir que él cambie su forma de vida.

Benz asintió. Al poco llegaron a la clínica. El aparcó enfrente.

– Esperaré aquí hasta que esté dentro. Cuando termine, no salga. Yo entraré a buscarla.

– A sus órdenes -bromeó Kelly, dándole un pellizco cariñoso en la mejilla.

Cuando salió del coche, recibió una bofetada de frío. Aunque había poca distancia hasta la clínica.



40 из 125