– Yo te acepto…

Esa vez no necesitó que le avisaran.

– Yo acepto…

– Amarte, honrarte y cuidarte…

Normalmente le habría molestado decir aquellas mentiras, pero no sabía por qué no era así. La integridad de un hombre se medía por su honor, un valor antiguo por el que Mac creía que se medía a las personas. La sinceridad del momento era algo entre Kelly y él, y unas cuantas palabras dichas en público no tenían nada que ver con ello.

Cuando llegó el turno a Kelly de ponerle el anillo en el dedo, se ruborizó y estuvo a punto de que se le cayera.

– Con este anillo… -comenzó a recitar.

La voz de ella apenas alcanzó el volumen de un susurro. Le costaba ponerle el anillo y Mac notó la manera insegura con que le tomaba de la mano. La muchacha no fue capaz de mirarlo a los ojos cuando terminó, pero seguían estando muy juntos.

Mac pudo ver el sudor que cubría las pestañas y se dividía en diminutas gotitas en la nariz.

¡Era muy joven! Pensó Mac. Ella tenía veintisiete años y él treinta y ocho. Claro, que el vientre abultado de ella hablaba de una vida intensa. Pero aún así, aquella mujer tenía un aire inocente. Debían de ser aquellas pecas y aquellos ojos azules llenos de timidez. Aquel pelo sedoso y fino que normalmente llevaba sobre los hombros y le hacía parecer siempre algo despeinada… Era un poco más baja que él y su rostro ovalado tenía facciones delicadas. Aunque no había nada delicado ni elegante en la forma en que se comportaba cuando iba a la empresa. La había oído reírse más de una vez en el despacho de Kate y caminaba por allí con tanta energía que hacía palidecer á los rayos de sol. Era una muchacha madura e inteligente, capaz de aceptar riesgos en el trabajo, tal como había demostrado numerosas veces a Kate. Nadie había conseguido borrar aquella sonrisa de su rostro juvenil hasta que Chad la abandonó.

Mac maldijo mentalmente a su hermano menor. No era la primera vez en aquellos últimos meses.



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