– Sí.

– ¿Está aquí, en Cannon? -inquirió su madre.

A Sydney se le encogió el corazón. Todo lo referente al padre Kendall la hacía enfermar. Sobre todo, ahora que sabía que él no se encontraba bien.

– Cielo…

Sydney bajó la cabeza.

– ¿Os importa que cambiemos de conversación?

– Te sentirías mejor si nos lo contaras -insistió su padre-. Hasta que empezaste aquel trabajo de profesora en Cannon, siempre habías sido feliz.

Su madre la miró con preocupación.

– Ya que no puedes hablar de ello con nosotros, creo que deberías llamar al padre Gregson.

Sydney lanzó un gemido de frustración.

– Mamá, tengo veintiséis años, ya no soy una niña. El padre Gregson es un desconocido para mí. En cualquier caso, sería la última persona en el mundo que pudiera comprenderme.

– Sydney, por favor…

– Ya sabéis lo que opino de la Iglesia -por lo que a ella concernía, la religión sistematizada en un credo sólo servía para dar problemas en vez de aliviarlos.

De no ser por la Iglesia, el padre Kendall y ella… ¡No, no iba a pensar en eso!

Respiró hondamente y se volvió hacia su madre.

– Sé que para vosotros la Iglesia es un consuelo. Yo, sin embargo, prefiero solucionar mis problemas a mi manera.

– El pastor es un hombre extraordinario -continuó su padre.

– Si necesito ese tipo de ayuda, pediré una cita con el psiquiatra.

Sydney había vuelto a decir algo inconveniente. Sus padres no creían en la psiquiatría.

– ¿Ese hombre… está casado?

– ¡No! -gritó Sydney con agonía-. Y ahora, si me disculpáis, voy a cambiarme de ropa para ir a casa de la tía Lydia.


Antes de tomar la entrada norte del parque nacional de Yellowstone, en Gardiner, Jarod compró un mapa y lo examinó mientras desayunaba dentro del coche.

Recorrió con los ojos el gran trazado de unos doscientos veinte kilómetros en forma de lazo a través del parque. Desde ahí podía seguir hacia el sur, hasta Madison; desde allí, a Old Faithful, West Thumb, Fishing Bridge, Tower Falls, Mammoth y la zona de Norris Geyser.



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