Frustrado de que no estuviera allí, Jarod trató de disimular su desilusión.

– Me gustaría dejarle una nota. ¿Sabe dónde vive?

– Claro. Al otro lado del estacionamiento de coches, en la cabaña número cinco.

– Gracias, Cindy -Jarod le dio la mano-. Ha sido un placer conocerla.

Al cabo de cinco minutos, se subió al coche y condujo hasta el grupo de cabañas.

Después de escribir una nota, Jarod dejó la hoja de papel doblada hacia el lado de dentro de la puerta de rejilla con el fin de que Sydney pudiera verla a su regreso de California.

De vuelta en el coche, puso el motor en marcha y se alejó en dirección a Gardiner. Esperaba una llamada de ella a su teléfono móvil al día siguiente por la noche.

No obstante, no pudo acallar una voz interna que preguntaba impertinentemente:

«¿Y si no te llama?»

«¿Y si no quiere saber nada de ti?»

CAPÍTULO 2

Lo peor de ser profesora de un colegio era aguantar los tres primeros días de reuniones con los otros profesores antes de conocer a los estudiantes. El lunes a las siete y media de la tarde, Sydney, agotada, salió del instituto Elkhorn y se subió al coche. Después de las reuniones del día, la Asociación de Padres y Profesores había dado una cena en la cafetería del instituto. Al día siguiente tendría que volver a casa temprano con el fin de pintar las paredes del dormitorio antes de volver al colegio el viernes.

A sólo dos manzanas del colegio, Sydney entró en la zona de estacionamiento del edificio de ocho apartamentos y aparcó su jeep. Necesitaba una ducha y meterse en la cama.

Antes de llegar a la puerta de su piso en la planta baja, sintió que no estaba sola, aunque supuso que se trataba de alguno de los otros inquilinos que acababa de llegar, igual que ella. Entonces, oyó la voz de un hombre llamándola.

La forma en que pronunció su nombre conjuró recuerdos que le erizaron la piel.



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