
La chica le sonrió.
– ¿Quiere que le explique por qué necesitamos un centro nuevo?
Si eso le ayudaba a encontrar a Sydney…
– Sí, gracias. Me interesa.
La sonrisa de ella se agrandó.
– El centro que tenemos ahora no suple la demanda de información, orientación y servicios educacionales. Como puede ver, esta construcción es demasiado pequeña para acomodar incluso a un pequeño porcentaje de los visitantes…
La chica continuó dándole toda clase de detalles. Al final, concluyó:
– Si le interesa más información, tome este folleto y léalo. Agradecemos cualquier tipo de donación. Jarod sacó algo de dinero de la cartera y lo metió en el sobre que iba con el folleto antes de devolvérselo a la chica.
– Ha sido una explicación excelente.
– ¡Gracias!
– De nada. ¿Hay más ayudantes de guardabosque como usted por aquí?
– Sí. Estamos distribuidos por todo el parque, pero pronto va a empezar el curso escolar otra vez.
– Es un programa excelente. ¿Tiene pensado hacerse guardabosque cuando acabe los estudios?
– Sí.
– Hace tiempo, conocí a una mujer que trabajaba aquí como guardabosque.
– Yo soy amiga de todos. ¿Cómo se llama?
– Sydney Taylor.
La chica parpadeó.
– ¡Sydney Taylor ha estado a cargo de todos los ayudantes de guardabosque durante todo el verano! Es la mejor.
Jarod sintió la adrenalina recorrerle el cuerpo.
– ¿Estamos hablando de la misma persona? Antes, trabajaba de profesora en el instituto de Cannonball, en Dakota del Norte.
– ¡Sí, la misma! Estuvo de profesora de inglés allí durante un año antes de venir aquí.
– La conocía bastante bien. Qué coincidencia, ¿verdad? -murmuró Jarod-. ¿Tiene idea de dónde está ahora?
La chica asintió.
– En California. Su mejor amiga, también guardabosque, se acaba de casar. Ha ido a su boda. Pero Sydney estará de vuelta el lunes.
