Jarod estaba a cierta distancia de ella con las manos en las caderas, recordándole una vez más que era irresistible.

En Cannon, la barba le daba un aspecto más distante. Ahora, sin ella…

Sydney se frotó los brazos como si tuviera frío, aunque las múltiples y distintas emociones la estaban consumiendo. Pero, sobre todo, le encolerizaba que él hubiera ido allí a ahondar la herida que nunca había cicatrizado.

– Debo admitir que eres la última persona en el mundo a quien esperaba ver, y menos aquí -dijo ella.

Los ojos de Jarod brillaron.

– Es evidente que no has leído mi nota.

A Sydney le costó respirar.

– ¿Qué nota?

– La que te dejé en la puerta de la cabaña en Old Faithful.

Sydney se llevó una mano a la garganta.

– ¿Cuándo la dejaste?

– El sábado.

El sábado le habían dicho a ella que Jarod estaba enfermo. No obstante, ahora que lo veía, se daba cuenta de que nunca lo había visto tan sano.

– Yo… ya había dejado la cabaña y el sábado estaba en casa de mis padres.

Jarod asintió.

– Al no tener noticias tuyas anoche ni hoy, llamé al jefe de guardabosques, el señor Archer. Fue él quien me dijo que ibas a trabajar aquí de profesora.

Sydney no salía de su sorpresa.

– Yo… ¿cómo sabías que era guardabosque?

– Es muy largo de contar -la voz de él sonó rasposa-. He venido tan pronto como he podido.

Sydney lo miró con perplejidad.

– ¿Qué quieres decir?

Jarod ladeó la cabeza.

– El día que te marchaste de Cannon, me dijiste: «Yo no puedo quedarme y tú no puedes venir, ¿verdad?». En ese momento no pude darte una respuesta.

La cólera la consumió al recordar su sufrimiento.



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