
– ¿Y ahora sí puedes? -preguntó ella en tono burlón, pero agonizando al recordar el beso de despedida-. Si has decidido separarte de Dios durante unas cortas vacaciones y pasarlas conmigo, olvídalo. Búscate a otra antes de volver a tu rebaño, padre Kendall.
Los rasgos de él endurecieron, sus facciones parecían esculpidas en granito.
– Me llamo Jarod. Me gustaría que me llamaras por mi nombre de pila.
Sydney sacudió la cabeza.
– ¿Quieres decir que te llamas Jarod mientras estás aquí, en Cannon?
Jarod se quedó mirándola unos momentos.
– Es evidente que necesitas más tiempo para hacerte a la idea de que realmente estoy aquí.
– ¿Tiempo? -repitió ella en tono seco-. Admito que hubo un tiempo en que, aun consciente de lo absurdo de la idea, esperaba que me dijeras que me amabas tanto como para dejar tu vocación por mí. Así era de estúpida y así estaba de enamorada. Pero la persona que era hace quince meses ya no existe. Y estás muy equivocado si crees que voy a rendirme a tus pies porque tengas unos días libres y te hayas quitado la sotana.
Al segundo de haber pronunciado aquellas palabras, Sydney se dio cuenta de su sinsentido. Hacía tan sólo unos minutos, casi se había desmayado al verlo.
– ¡No quiero saber nada de ti ni de tu vida! -gritó al instante siguiente.
¡Qué hipócrita!
– ¡Por favor, vete!
– Yo también te he echado de menos, Sydney. Intenta descansar. Te veré mañana -fue todo lo que Jarod dijo antes de marcharse.
Como si hubiera sobrevivido a un naufragio, Sydney se quedó de pie muy quieta sin comprender qué había ocurrido.
Después de haber hecho todo lo posible por olvidarlo, era una crueldad reaparecer otra vez en su vida. Jarod sabía por qué ella se había marchado de Cannon. Uno de los dos tenía que marcharse y, por supuesto, no podía ser el párroco que dedicaba su vida a la Iglesia y a los feligreses.
La mañana que se marchó de Cannon, se pasó por el despacho de él para despedirse. Otra grave equivocación. Una equivocación de la que siempre se arrepentiría.
