Sydney ya había vaciado su cabaña y se había trasladado a un piso amueblado en Gardiner, Montana, antes de la boda. Sólo su jefe sabía que iba a trabajar como maestra. Así lo quería ella. De lo contrario, sus compañeros de trabajo le harían preguntas que no estaba dispuesta a responder.

A excepción de Gilly, nadie a su alrededor podría comprender que su inesperado cambio de profesión se debía a un profundo sentido de la supervivencia. El trabajo de guardabosque no le había hecho olvidar.

Tras una breve visita a sus padres en Bismarck, iría directamente a Gardiner a empezar su nueva vida. Con un poco de suerte, sus tareas como profesora no le dejarían tiempo para pensar en un amor imposible; de lo contrario, la vida entera acabaría siendo para ella una condena.

Con un suspiro, entró en la casa para cambiarse de ropa y hacer la maleta. Su vuelo a Bismarck salía temprano a la mañana siguiente.


Era casi medianoche cuando Jarod Kendall entró con el coche en el camino que conducía a la puerta de la rectoría de Cannon, en Dakota del Norte. Tras una agotadora reunión en la parroquia de Bismarck, seguida de una hora de viaje en coche hasta casa, Jarod no sabía cómo se sentiría otro sacerdote en su situación en ese momento.

Pero lo que sí sabía era que la lucha había terminado.

– ¿Padre? -era Rick, que lo llamaba desde el pie de las escaleras al oírlo entrar en la casa.

– No imaginaba que estuvieras despierto.

– Bienvenido de vuelta. Kay ya está acostada. Quería aclarar unos asuntos con usted antes de ir a la iglesia por la mañana. Sólo serán unos momentos. Aunque si está muy cansado…

El diácono se interrumpió sin acabar la frase. Se había acercado lo suficiente para darse cuenta de que Jarod vestía un traje de calle y corbata. Nada indicaba que hasta entonces hubiera vestido sotana.



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