
Quizá fuera mejor explicarle todo a Rick esa misma noche, ya que aún estaba despierto. De esa forma, tendría el resto de la noche para asimilarlo y contárselo a Kay.
Por mucho que le doliera dejar el sacerdocio, anhelaba el lujo de poder dirigirse a una mujer en busca de consuelo o para satisfacer la pasión.
– Rick, acompáñame al estudio. Tengo que hablar contigo.
Rick lo siguió.
– Siéntate -dijo Jarod antes de tomar asiento detrás de su escritorio.
Rick se acomodó en una butaca de cuero; estaba pálido.
– Cuando se fue de vacaciones la semana pasada, Kay y yo nos preguntamos si le pasaría algo. Pensamos que podía estar enfermo y que no quería que lo supiera nadie.
– He estado enfermo, Rick. De hecho, he estado tan enfermo que, hace dos meses, di el paso definitivo y expuse el problema a las autoridades eclesiásticas. Hoy he dejado de ser el padre Kendall.
El otro hombre jadeó por la sorpresa.
– Mañana, el padre Lane se hará cargo de la rectoría hasta que designen a mi sustituto.
Los ojos de Rick se llenaron de lágrimas.
– ¿Por qué?
– Antes de que Kay y tú vinierais a vivir aquí, me enamoré de una mujer llamada Sydney Taylor, que se marchó hace unos quince meses. Era una profesora de inglés en el instituto. Una de sus alumnas tuvo problemas y Sydney la animó a venir aquí, a la parroquia, en busca de ayuda.
Jarod se interrumpió momentáneamente, respiró hondamente y continuó.
– Brenda Halverson tenía dieciséis años y acababa de enterarse de que se había quedado embarazada. Lo primero que pensó fue abortar. Como le aterrorizaba que sus padres se enterasen, escribió unas notas referentes al problema en el diario que escribía para la clase de inglés de Sydney.
Jarod miró a Ricky, que permanecía inmóvil en la butaca.
– Desde el momento que conocí a Sydney, que acompañó a la chica a la primera sesión que ésta tuvo conmigo, mi vida se transformó en una auténtica lucha. Brenda insistió en que Sydney la acompañara a todas las sesiones, y la verdad es que Sydney y yo no podíamos estar lejos el uno del otro.
