Aún no podía creer que ese hombre estuviera en Montana y que fuera a ir a algún sitio con él en coche.

Un par de residentes del edificio la saludaron con la mano y le sonrieron. Podían ver que un alto y moreno desconocido la acompañaba.

Ella asintió en dirección a sus vecinos antes de que el padre Kendall se subiera también al coche y se sentara al volante.

Sydney sintió los ojos de él.

– Vivir en un edificio de apartamentos es como vivir en una pecera, igual que me pasaba a mí cuando vivía en Cannon.

¿Cuando vivía? ¿En pasado?

Sorprendida, Sydney volvió el rostro para mirarlo. Él puso en marcha el coche y se dirigió hacia el centro de la ciudad.

– ¿Te han trasladado a otra parroquia?

Lo oyó respirar hondamente.

– Preferiría contestarte cuando lleguemos a nuestro destino. Ahí, en el asiento trasero, hay unas hamburguesas y patatas fritas. Pensé que podíamos comer de camino.

¿De camino adónde?

Sydney había pensado que iba a invitarla a cenar. Ahora, el misterioso comportamiento del padre Kendall empezaba a alarmarla.

Comer algo quizá la ayudara a calmar los nervios. Por eso, se desabrochó el cinturón de seguridad y agarró una bolsa del asiento posterior. En la bolsa, además de las hamburguesas y las patatas fritas, había dos refrescos y unas raciones de tarta de queso. Puso los refrescos entre su asiento y el de él y le dio una de las hamburguesas.

Después de darle las gracias, el padre Kendall comenzó a comer con buen apetito. Por lo general, ella salía con hambre del colegio; pero ese día, los nervios se le habían agarrado al estómago y sólo pudo dar unos mordiscos a la hamburguesa.

– Está buena -murmuró ella con el fin de interrumpir el silencio.

– Apenas has comido.

Ignorando la observación, Sydney lo recogió todo y volvió a dejar la bolsa en el asiento posterior.



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