
– ¿Qué quieres? -preguntó ella con resignación.
Jarod permaneció quieto.
– Me alegro de que te hayas dado cuenta de que tenemos que hablar, Sydney.
– Tengo que ir al colegio ahora, pero terminaré las clases a las cuatro.
– Entonces volveré aquí a recogerte a las cuatro y cuarto.
La tenía acorralada.
– De acuerdo.
Quizá estuviera equivocada, pero habría jurado ver en los ojos de él un brillo de satisfacción antes de acompañarla al coche y despedirse de ella. Al igual que un titiritero, era él quien manejaba la situación.
El resto del día pasó casi sin sentir. Pronto, se encontró de vuelta en su casa y con él, que le propuso charlar en otro lugar.
Sydney, evitando su mirada, asintió y empezó a caminar hacia un coche azul aparcado delante del edificio de apartamentos. Mientras caminaban, sintió la mirada de él en su perfil.
Quizá aquel encuentro fuera en realidad lo que ambos necesitaban para cerrar un asunto pendiente. Una vez que él se marchara de Gardiner, ambos volverían a sus vidas por separado y no volverían a volver la vista atrás. Aquello iba a ser el fin de su relación.
Con una mirada soslayada, Sydney notó que él llevaba el pelo algo más largo que antes. Cuando volviera a su parroquia, con el pelo más largo y sin la barba, los feligreses iban a llevarse una sorpresa.
Sydney tragó saliva. No podía existir un hombre más atractivo que él. Aquel extraordinario físico la hizo agarrarse a la portezuela del coche durante un momento mientras luchaba por controlar sus emociones.
– Estás preciosa, Sydney.
Las primeras palabras que escaparon de la boca del padre Kendall la dejaron estupefacta. Acababa de destruir el mito de que ella pudiera olvidarlo algún día. De hecho, el comentario fue como un asalto verbal a sus sentidos.
Evitando sus ojos, Sydney se subió al coche. Temerosa de que la tocara y se diera cuenta de sus verdaderos sentimientos, Sydney hizo lo posible por mantenerse apartada de él; pero accidentalmente le rozó el pecho y una oleada de deseo se apoderó de ella.
