
Cuando llegó al coche, una mujer mayor que ella estaba subiéndose al vehículo aparcado al lado del suyo.
Sydney no pudo evitar preguntarle:
– ¿Sabe por qué el padre Kendall no ha celebrado la misa hoy?
– Alguien ha dicho que está enfermo.
La noticia la llenó de temor.
– Qué pena.
– Lo mismo pienso yo. No hay nadie como él.
«No, nadie».
Sydney sonrió forzadamente a la mujer.
– Que tenga un buen día.
Inmediatamente, Sydney se montó en el coche alquilado, temiendo que la mujer quisiera seguir charlando.
¿Estaba enfermo? ¿Cómo de enfermo?
Con lágrimas en los ojos, condujo hasta Bismarck a más velocidad que nunca. De camino, llamó a sus padres para decirles que se le había pinchado una rueda y ése era el motivo del retraso.
Nadie se enteraría jamás de lo que había hecho. No volvería nunca a pensar en el padre Kendall. Aquello era el fin.
¡El fin de su obsesión con él!
Dos horas más tarde, Sydney entró en la casa por la puerta de la cocina detrás de su padre. Después de haber estado cabalgando con él durante un rato, necesitaba una ducha.
– El almuerzo está listo -anunció su madre.
– Volveré dentro de cinco minutos -le prometió Sydney.
Regresó inmediatamente, llevando un par de pantalones vaqueros limpios y una blusa. La única diferencia entre su ropa y la de sus padres era que éstos llevaban camisas a cuadros.
– Asado, mi comida preferida. Gracias, mamá.
Una vieja costumbre en Dakota del Norte. Tanto sus abuelos como sus bisabuelos almorzaban a las doce del mediodía. Sus padres hacían lo mismo. La carne de vaca se comía casi a diario.
– ¿Qué te parece ahora la zona sembrada? -le preguntó su madre.
– Bien. He notado que de junio a aquí te has deshecho de las malas hierbas -respondió ella antes de dar un mordisco a la mazorca de maíz.
