– A mí también me produce una profunda tristeza. Voy a echarlo mucho de menos.

– Es mutuo -los dos hombres se miraron solemnemente-. Bueno, es hora de que vayamos a la cama. Mañana vas a tener mucho trabajo ayudando al padre Lane.

– Ahora mismo voy a acostarme. Pero antes, prométame una cosa.

– Lo que quieras.

– Manténgase en contacto conmigo.

– Por supuesto.

Rick se levantó y se detuvo al llegar a la puerta.

– He querido y respetado al padre Kendall, y que se haya quitado la sotana no cambia nada. Si se casa, Kay y yo estaríamos encantados de asistir a la boda. Lo consideraría un honor.

Jarod se quedó contemplando a su amigo.

– No es una cuestión de si, sino de cuándo.


Sydney había solicitado por teléfono un coche de alquiler. Cuando llegó a Bismarck, tenía la intención de subirse al coche e ir directamente a casa de sus padres, en las afueras de la ciudad.

Pero después de salir del aeropuerto, vio la señal indicando Cannon. Sólo a setenta kilómetros. Podría verlo celebrando misa. La misa era a las diez. Le daba tiempo. Si se sentaba en los últimos bancos, él no la vería.

Sólo unos minutos que recordaría toda la vida…

Pisó el acelerador sin importarle que la policía pudiera detenerla y multarla por exceso de velocidad. No le importaba. Lo único que le importaba era verlo.

Después de aparcar el coche, esperó fuera hasta casi las diez en punto; entonces, se mezcló con un grupo de fieles y entró en la iglesia. La tapaban lo suficiente para deslizarse en el último banco sin ser vista. Para mayor seguridad, bajó la cabeza… Pero la levantó al oír una voz de hombre desconocida iniciando la misa.

El sacerdote que estaba celebrando la misa era mayor.

¿Dónde estaba el padre Kendall?

Angustiada y desilusionada, Sydney no tuvo más remedio que quedarse allí, esperando que la misa concluyera. Después, salió de la iglesia a toda prisa.



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