Había leído concienzudamente cada una de las palabras acerca del controvertido sexto juego de las World Series de 1985 cuando la mujer con la que había hablado en el puesto de enfermeras apareció.

– ¿Es usted la que vino con la chica embarazada? -me preguntó.

La sangre se me heló en las venas.

– ¿Ella…? ¿Hay alguna novedad?

Sacudió la cabeza y lanzó una risita.

– Acabamos de darnos cuenta de que nadie ha rellenado ningún formulario con sus datos. ¿Puede venir conmigo y hacerlo?

Me condujo por una serie interminable de pasillos hasta la oficina de la administración, en la parte delantera del hospital. Una mujer de pecho plano, con pelo rubio descolorido, me recibió enfadada.

– Tenía que haber venido aquí nada más llegar -me soltó.

Miré la chapa con su nombre, que medía el doble que su pecho izquierdo.

– Tendrían ustedes que repartir folletos en la entrada de urgencias diciéndole a la gente lo que debe de hacer. Yo no leo la mente, señora Kirkland.

– No sé nada acerca de la chica: su edad, su historial, a quién avisar en caso de problemas…

– Pare el carro. Yo estoy aquí. Me he puesto en contacto con su médico y su familia pero, mientras tanto, le contestaré a las preguntas que pueda.

Las obligaciones de la enfermera no eran tan urgentes como para que se fuese a perder un espectáculo prometedor. Se apoyó en el marco de la puerta, escuchando descaradamente. La señora Kirkland le lanzó una mirada triunfal. Actuaba mejor con público.

– Pensamos que venía de Canary and Bidwell. Tenemos un acuerdo con ellos y Carol Esterhazy fue la que llamó para avisarnos de su llegada. Pero cuando yo la volví a llamar para averiguar el número de la Seguridad Social de la chica, me enteré de que no trabaja en la fábrica. Es una mexicana que se puso enferma en sus dependencias. Aquí no nos dedicamos a la caridad. Vamos a tener que trasladarla a un hospital público.



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