– Lo siento, Fabiano. Perdóname, por favor. Estoy preocupada por el niño. Sé que puedes ocuparte de esto tú solo. -Él rechazó su mano suplicante.

Llegamos a Osage Way. Giré hacia el norte y seguí por la calle durante una milla o dos. Consuelo tenía razón: Canary and Bidwell, fabricantes de pinturas, se encontraba detrás de la carretera, en un moderno parque industrial. El edificio, bajo y blanco, se alzaba en un paisaje que incluía un lago artificial con patos y todo.

Al verlo, Consuelo revivió.

– ¡Qué bonito! Qué bien que puedas trabajar con estos patos tan bonitos y los árboles.

– Qué bonito -asintió Fabiano sarcástico-. Después de haber conducido treinta millas con todo el calor, me va a encantar ver a los patos.

Me metí en el aparcamiento de visitantes.

– Iremos a ver el lago mientras hablas con el señor. Buena suerte.

Puse tanto entusiasmo como pude en el comentario. Si no conseguía el trabajo antes de que naciese el niño, quizá Consuelo se olvidase de él y pidiese el divorcio o una anulación. A pesar de su austera moralidad, la señora Alvarado se ocuparía de su nieto. Tal vez su nacimiento liberase a Consuelo de sus miedos y se decidiese a vivir de una vez su propia vida.

Ella despidió vacilante a Fabiano, deseando besarle pero sin atreverse. Me siguió en silencio hasta el sendero que rodeaba el agua, caminando lenta y dificultosamente con su barriga de siete meses. Nos sentamos en la escasa sombra de los jóvenes árboles y contemplamos, calladas, a las aves. Acostumbradas a las migajas de los visitantes, nadaron hacia nosotras graznando esperanzadas.

– Si es una niña, Lotty y tú seréis las madrinas, V. I.

– ¿Charlotte Victoria? Qué carga más tremenda para un bebé. Tendrías que preguntarle a tu madre, Consuelo. Tal vez eso le ayude a reconciliarse contigo.

– ¿Reconciliarse? Piensa que soy una malvada. Malvada y despilfarradora. Carol, igual. Sólo Paul me apoya un poco… ¿Tú también lo piensas, V. I.? ¿Crees que soy malvada?



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