– No, cara. Creo que estás asustada. Quieren que vayas tú sola a Gringolandia y ganes premios para ellos. Es difícil hacerlo sola.

Ella me cogió la mano, como una niña pequeña.

– ¿Entonces serás la madrina?

No me gustaba su aspecto: demasiado blanca, con rosetones en las mejillas.

– No soy cristiana. Puede que vuestro párroco tenga algo que decir al respecto… ¿Por qué no te quedas aquí descansando y yo voy a un bar y traigo algo fresco para beber?

– Yo… no te vayas, V. I. Me siento muy rara, me pesan las piernas…, creo que el bebé viene.

– No puede ser. ¡Sólo estás en el séptimo mes!

Le palpé el abdomen, sin saber qué tenía que encontrar. Su falda estaba empapada y cuando la toqué sentí un espasmo.

Miré a mi alrededor aterrada. No se veía un alma. Por supuesto, estábamos más allá de O'Hare

Traté de dominar el pánico y hablé con calma.

– Voy a dejarte sola unos minutos, Consuelo. Necesito entrar en la fábrica y averiguar dónde está el hospital más cercano. Tan pronto como lo sepa, vendré a buscarte… Intenta respirar despacio, contén la respiración y exhala el aire -le apreté la mano y practiqué con ella unas cuantas veces. Sus ojos pardos estaban muy abiertos y aterrorizados y su cara muy cansada y blanca, pero me sonrió débilmente.

Dentro del edificio, me detuve un momento, desorientada. Un débil olor acre llenaba el aire, y se oía una especie de rumor, pero no había ningún mostrador, ni recepcionista ni nada. Podía haber sido la entrada del infierno. Me metí por un pasillo en dirección al ruido. Una habitación enorme se abría a la derecha, llena de hombres, barriles y una espesa niebla. A la izquierda vi una verja en la que se leía RECEPCIÓN. Detrás de ella estaba sentada una señora de mediana edad con pelo desteñido. No era gorda, pero tenía esa barbilla fláccida que provoca la falta de ejercicio y una dieta inadecuada. Se ocupaba de varios montones de papeles, con aspecto poco esperanzado.



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