El estómago me arde. Las llamas me están lamiendo el intestino. El fuego avanza hacia arriba, pero no en mi interior. Sucede todo lo contrario, pero siempre tengo la misma sensación. Es una simple dilatación del estómago y del intestino, me asegura mi médico de cabecera. «Flato», me reza, como si me estuviera dando una bendición médica. Es un curandero y un charlatán, un matasanos de cuarta categoría. Tengo algo maligno devorándome las tripas y él insiste en que son flatulencias.

«Hábleme de Raphael Robson», repetirá.

«¿Por qué? -le preguntaré-. ¿Por qué quiere que le hable de él?»

«Porque es un tema por el que empezar. Su mente le ha dictado por dónde comenzar. Es así como funciona el proceso.»

«No obstante, Raphael no es el principio de la historia -le replicaré-. El principio se remonta a veinticinco años atrás, a una Peabody House [1] de Kensington Square.»


17 de agosto


Ahí es donde vivía. No en una de las Peabody Houses, sino en la casa de mis abuelos, en el lado sur de la plaza. Hace mucho tiempo que las Peabody Houses ya no existen y, según lo que vi la última vez que fui, han sido reemplazadas por dos restaurantes y una boutique. Aun con todo, recuerdo muy bien esas casas y cómo mi padre las empleó para inventar la Leyenda de Gideon.

Así es mi padre, siempre dispuesto a usar cualquier cosa que tenga a mano, si ésta puede llevarle adonde él quiere ir. En esa época, estaba muy inquieto, siempre lleno de ideas. Ahora me doy cuenta de que casi todas sus ideas eran meros intentos para tratar de disipar el miedo que mi abuelo sentía por él, ya que, según mi abuelo, el hecho de que mi padre no hubiera podido crearse una reputación en el ejército presagiaba que fracasaría en cualquier otro campo. Supongo que mi padre sabía lo que mi abuelo pensaba de él. Después de todo, mi abuelo no era el tipo de hombre que se guardara las opiniones para sí mismo.



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