
Mi abuelo nunca se había vuelto a encontrar bien después de la guerra, y supongo que ésa era la razón por la que vivíamos con él y con la abuela. Los japoneses le habían tenido prisionero en Birmania durante dos años, y nunca se había recuperado del todo. Me imagino que el hecho de ser prisionero había desencadenado algo en su interior que, en otras circunstancias, habría permanecido latente. Pero, en todo caso, lo único que jamás me contaron sobre la situación era que mi abuelo padecía «episodios» que requerían que se lo llevaran de vez en cuando a pasar «unas bonitas vacaciones en el campo». Soy incapaz de recordar detalles concretos de estos episodios ya que mi abuelo murió cuando yo tenía diez años. Lo único que recuerdo es que siempre empezaban con unos sonidos violentos y aterradores, seguidos por los lloros de mi abuela y por los gritos de mi abuelo que decía: «No eres hijo mío», mirando a mi padre mientras se lo llevaban por la fuerza.
«¿Se lo llevaban? -me pregunta-. ¿Quiénes?»
Yo les llamaba los duendes. Tenían la misma apariencia que la gente normal, pero sus cuerpos estaban habitados por ladrones de almas. Mi padre siempre les dejaba entrar en casa, pero mi abuela solía recibirles en las escaleras, con lágrimas en los ojos. Siempre pasaban por delante de ella sin pronunciar palabra porque todo lo que teníanque decir había sido dicho más de una vez. Como ve, ya hacía muchos años que venían a buscar a mi abuelo. Desde mucho antes de que yo naciera. Desde mucho antes de que los observara desde la balaustrada de la escalera, asustado y agachado cual pequeño sapo.
Sí. Antes de que me lo pregunte, recuerdo ese miedo. También recuerdo más cosas. Recuerdo que alguien me apartaba de la balaustrada, separándome los dedos uno a uno para que dejara de asirla y me pudieran alejar de ella.
«¿Raphael Robson? -va a preguntarme, ¿no es así?-. ¿Es aquí donde aparece Raphael Robson?»
