
Cuando le pedí permiso a Sayuri para utilizar una grabadora, mi intención era que fuera sólo una garantía contra los posibles errores de trascripción por parte de la secretaria. Pero después de su muerte, acaecida el año pasado, me digo a mí mismo si en el fondo no tendría otro motivo: el de preservar su voz, una voz con una expresividad que pocas veces se encuentra. Por lo general habla con un tono suave, como se puede esperar de una mujer cuya profesión ha sido entretener a los hombres. Pero cuando quería dar vida a una escena, podía hacerme creer sólo con su voz que había seis u ocho personas en la habitación. A veces, por la noche, solo en mi despacho, vuelvo a oír las casetes, y entonces me cuesta creer que ya no está entre nosotros.
JACOB HAARHUIS Catedrático de japonés de la Universidad de Nueva York
Capítulo uno
Imagínate que tú y yo estuviéramos sentados en una apacible estancia con vistas a un jardín, tomando té y charlando sobre unas cosas que pasaron hace mucho, mucho tiempo, y yo te dijera «el día que conocí a fulano de tal… fue el mejor día de mi vida y también el peor». Supongo que dejarías la taza sobre la mesa y dirías: «¿En qué quedamos? ¿Fue el mejor o el peor?». Tratándose de otra situación, me habría reído de mis palabras y te habría dado la razón. Pero la verdad es que el día que conocí al señor Tanaka Ichiro fue de verdad el mejor y el peor día de mi vida. Me fascinó, incluso el olor a pescado de sus manos me pareció un perfume. De no haberlo conocido, nunca hubiera sido geisha.
