
Lo que nos lleva a la cuestión fundamental: ¿Por qué quería Sayuri contar su historia? Las geishas no tienen la obligación de hacer voto de silencio, pero su existencia se basa en la convicción, típicamente japonesa, de que lo que sucede durante la mañana en la oficina y lo que pasa por la noche tras unas puertas bien cerradas son cosas muy distintas, y han de estar separadas, en compartimentos estancos. Las geishas sencillamente no dejan constancia de sus experiencias. Al igual que las prostitutas, sus equivalentes de clase inferior, las geishas se suelen encontrar en la posición poco común de saber si esta o aquella figura pública mete primero una pierna y luego la otra en los pantalones, como el resto de los mortales. Probablemente estas mariposas nocturnas consideran que su función encierra algo de depositarías de la confianza pública, pero en cualquier caso la geisha que viola esa confianza se coloca en una posición insostenible. Las circunstancias que llevaron a Sayuri a contar su historia eran poco comunes en cuanto que ya no quedaba nadie en Japón que tuviera poder sobre ella. Los vínculos con su país de origen ya estaban rotos. Tal vez esto nos da una pista de por qué dejó de sentirse forzada al silencio, pero sigue sin informarnos de por qué se decidió a hablar. A mí me asustaba plantearle la cuestión. ¿Y si al examinar sus propios escrúpulos al respecto le daba por cambiar de opinión? Ni siquiera cuando el manuscrito estuvo acabado me atreví. Sólo cuando ya había recibido el adelanto del editor me sentí lo bastante seguro para preguntarle. ¿Por qué había deseado contar su vida?
– ¿Pues qué mejor cosa podría hacer con mi tiempo a mi edad? -contestó.
Dejo a la decisión del lector la cuestión de si sus motivos eran realmente así de sencillos.
Aunque estaba deseosa de dejar por escrito su biografía, Sayuri insistió en varias condiciones.
