
– Bueno, Elizabeth, está bien -y salió.
Las dos mujeres se quedaron sentadas en silencio por un largo momento. Susan era consciente de su propia perplejidad; no era el Camden que esperaba. Notó que Elizabeth Camden la miraba divertida.
– Oh sí, Doctora. Él es así.
Susan no dijo nada.
– Absolutamente dominante.
Pero esta vez no -rió suavemente, excitada-. Dos. ¿Sabe…
sabe el sexo del otro?
– Ambos fetos son femeninos.
– Yo quería una niña, sabe usted. Ahora la tendré.
– Entonces seguirá con el embarazo.
– ¡Oh, sí! Gracias por venir, Doctora.
La despedían. Nadie la acompañó a la puerta. Pero cuando estaba por subir a su auto, Camden salió corriendo, sin abrigo.
– ¡Susan, quería agradecerte!
Por venir hasta aquí a decírnoslo personalmente.
– Ya lo has hecho.
– Sí, bueno. ¿Seguro que el segundo feto no puede perjudicar a mi hija?
Susan contestó, deliberadamente:
– Ni el feto genéticamente alterado puede perjudicar al concebido naturalmente.
Él sonrió. Su voz era baja y ansiosa:
– Y tú piensas que eso debería preocuparme en igual medida.
Pero no es así. ¿Y por qué debería disimular lo que siento, especialmente contigo?
Susan abrió la puerta del auto. No estaba preparada para esto, o había cambiado de idea, o algo. Pero entonces Camden se inclinó a cerrar la puerta del auto, sin trazas de flirteo ni de intenciones de congraciarse:
– Mejor que encargue otro corralito.
– Sí.
– Y un segundo cochecito.
– Sí.
– Pero no otra niñera nocturna.
– Eso queda de tu cuenta.
– Y de la tuya.
