
– No. Yo no -dijo Camden.
– Yo sí -dijo Elizabeth Camden.
Camden le dirigió una fiera mirada que Susan no pudo entender. Volvió a sacar el cigarrillo y lo encendió. Estaba de perfil, concentrado en sus pensamientos, y Susan dudó que supiera que el cigarrillo estaba allí o que lo estaba encendiendo.
– ¿Afecta al bebé que el otro esté allí?
– No -dijo Susan-. Por supuesto que no. Simplemente… coexisten.
– ¿Puede abortarlo?
– No sin correr el riesgo de abortarlos a ambos. Remover el feto no alterado puede producir cambios en el revestimiento uterino que lleven a malograr espontáneamente el otro -inspiró profundamente-. Por supuesto, la opción existe. Podemos reiniciar todo el proceso. Pero ya les dije oportunamente que tuvieron suerte en que la fertilización in vitro se lograra recién en el segundo intento. A algunas parejas les lleva ocho o diez. Si empezáramos de nuevo podría ser un largo proceso.
– La presencia de ese segundo feto -dijo Camden-, ¿perjudica a mi hija? ¿Le quita nutrientes o algo así, o cambiará algo para ella durante el resto del embarazo?
– No. Excepto que existe una posibilidad de parto prematuro.
Dos fetos ocupan mucho espacio en el vientre, y si están muy apretados el nacimiento puede ser prematuro. Pero…
– ¿Cuánto? ¿Como para amenazar la supervivencia?
– Es improbable.
Camden siguió fumando. Apareció un hombre en la puerta:
– Señor, llamada de Londres.
James Kendall para el señor Yagai.
– La tomaré-. Camden se levantó. Susan lo miró estudiar el rostro de su esposa. Cuando habló, se dirigió a ésta:
