¡Oh, Dios!, no debería estar contándole todo esto, lo siento.


Ong se alejó. Tras el cristal, Roger Camden dejó al bebé en una cunita de ruedas. La placa decía NIÑA CAMDEN, 1.9.5 LIBRAS. Una enfermera nocturna miraba, indulgente.


Ong no se quedó para ver a Camden salir de la nursery o para escuchar lo que Susan Melling le decía, fuera lo que fuera. Ong fue a preparar la factura. Bajo las presentes circunstancias, el informe de Melling no era confiable. Una oportunidad perfecta, sin antecedentes, para registrar en detalle una alteración genética con un control no alterado, y Melling estaba más interesada en sus propias melosas emociones.


Obviamente, Ong tendría que hacer él mismo el informe, después de arreglar la cuenta. Estaba ávido de detalles, y no sólo sobre el bebé de rosadas mejillas que había alzado Camden. Quería saberlo todo sobre el nacimiento del bebé de la otra cuna: NIÑA CAMDEN, 2.5.1 LIBRAS. La beba de cabello oscuro y rostro con manchas rojizas, que yacía bajo su sabanita rosada, dormida.

II

El primer recuerdo de Leisha eran unas líneas flotantes que en realidad no existían. Lo sabía porque cuando extendía el puño para tocarlas no había nada. Después se dio cuenta de que las líneas flotantes eran luz: la luz del sol colándose en franjas por las cortinas de su habitación, por entre las persianas de madera del comedor, por el enrejado del invernadero.


El día en que descubrió que el flujo dorado era luz se rió en voz alta, con la alegría del descubrimiento, y Papá se volvió desde donde ponía flores en macetas y le sonrió.


Toda la casa estaba llena de luz. La luz desbordaba el lago, recorría los altos cielos rasos blancos, formaba charcos en los brillantes pisos de madera. Ella y Alice se movían siempre entre la luz, y a veces Leisha se detenía y echaba hacia atrás la cabeza para que le corriera por la cara. Podía sentirla, como si fuera agua.



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