
La mejor luz, por supuesto, era la del invernadero. Allí le gustaba estar a Papá cuando volvía a casa de hacer dinero. Papá plantaba y regaba, tarareando, y Leisha y Alice corrían entre los tablones de flores, con sus maravillosos olores de tierra, pasando del lado oscuro del invernadero, donde crecían las grandes flores púrpura, al soleado, con su despliegue de flores amarillas, yendo y viniendo, entrando y saliendo de la luz.
– ¡Prosperan! -le decía Papá-, todas las flores cumpliendo sus promesas. ¡Alice, ten cuidado! Casi volteas esa orquídea. -Alice, obediente, dejaba de correr por un rato. Papá nunca le decía a Leisha que no corriera.
Un rato después se iría la luz. Alice y Leisha tomarían su baño, y luego Alice se pondría apática o irritable. No jugaría con Leisha, aún cuando le dejara elegir el juego o tener todas las mejores muñecas. La Nana llevaría a Alice a "la cama" y Leisha charlaría un poco más con Papá, hasta que le dijera que tenía que ir a su estudio con los papeles que hacían dinero.
Leisha siempre sentía cierto pesar cuando él tenía que irse, pero nunca duraba mucho porque llegaba Mademoiselle y comenzaban las lecciones, que le gustaban. ¡Era tan interesante aprender cosas! Ya podía cantar veinte canciones y escribir todas las letras del alfabeto y contar hasta cincuenta. Y para cuando terminaran las lecciones, volvería la luz y sería el momento del desayuno.
El desayuno era el único momento que no le gustaba a Leisha. Papá se había marchado a la oficina, y Leisha y Alice tomaban el desayuno con Mamá en el gran comedor. Mamá llevaba su bata, que gustaba a Leisha, y no olía raro ni hablaba raro como después durante el día, pero igual el desayuno no era divertido. Mamá siempre empezaba con La Pregunta.
