
Ong no necesitó consultar sus informes para recordar algo sobre Roger Camden. Una caricatura de su cabeza de bala había sido la principal ilustración de la edición por cable del Wall Street Journal del día anterior:
Camden había dirigido una importante jugada en inversiones cuasi-fraudulentas de data-atoll.
Ong no estaba seguro de qué era una inversión cuasi-fraudulenta de data-atoll.
– Una niña -dijo Elizabeth Camden. Ong no esperaba que ella hablara primero. Su voz fue otra sorpresa: clase alta británica-. Rubia, ojos verdes, alta, delgada.
Ong sonrió.
– Los factores de apariencia son los más fáciles de lograr, como seguramente sabrán. Pero todo lo que podemos hacer en cuanto a la "delgadez" es darle una disposición genética en tal sentido. Cómo la alimenten, naturalmente…
– Sí, sí -dijo Roger Camden- eso es obvio. Ahora: inteligencia. Gran inteligencia. Y osadía.
– Lo siento, señor Camden; los factores de personalidad no se conocen aún lo bastante como para permitir a la genética…
– Sólo lo ponía a prueba -dijo Camden, con una sonrisa que a Ong le pareció que quería ser simpática.
Elizabeth Camden dijo:
– Capacidad musical.
– Otra vez, señora Camden, todo lo que podemos garantizar es cierta disposición hacia la música.
– Con eso basta -dijo Camden-. Todas las correcciones para cualquier problema de salud ligado a lo genético, por supuesto.
– Por supuesto -dijo el doctor Ong. Los clientes no hablaron. Hasta el momento su lista era modesta, en vista de la riqueza de Camden; con la mayoría de los clientes había que discutir para que no pretendieran tendencias genéticas contradictorias, o exceso de alteraciones, o expectativas irreales.
