Esperó. La tensión irradiaba en la habitación como calor.


– Y -dijo Camden-, que no necesite dormir.


Elizabeth Camden volvió la cabeza para mirar por la ventana.


Ong tomó de su escritorio un imán sujeta-papeles. Habló en tono amable:


– ¿Podría saber cómo se enteró de que existe ese programa de modificación genética?


Camden hizo una mueca.


– No está negando que exista.


Lo anoto a su favor, Doctor.


Ong se contuvo.


– ¿Podría saber cómo se enteró de que el programa existe?


Camden rebuscó en el bolsillo interior de su traje. La seda se arrugó y se deformó; cuerpo y traje provenían de diferentes clases sociales. Camden era, recordó Ong, un yagaísta, amigo personal del propio Kenzo Yagai.


Le alcanzó una hoja de impresora: las especificaciones del programa.


– No se moleste en buscar la falla de seguridad en su banco de datos, Doctor; no la encontrará. Si le sirve de consuelo, nadie más lo logrará. Ahora bien. -Se incorporó súbitamente y su tono cambió-. Sé que ha creado hasta ahora veinte niños que no necesitan dormir para nada. Que diecinueve son hasta ahora sanos, inteligentes y psicológicamente normales. De hecho mejor que normales; son inusualmente precoces. El mayor tiene ya cuatro años y puede leer en dos idiomas. Sé que están pensando en ofrecer al mercado esta modificación genética en unos años. Todo lo que quiero es la posibilidad de comprarla para mi hija ya. Al precio que pidan.


Ong quedó perplejo.


– No puedo discutir esto unilateralmente con usted, señor Camden. Ni el robo de nuestros archivos…


– No hubo robo. Su sistema vomitó espontáneamente una burbuja de información en una salida pública; les llevaría un tiempo del demonio probar lo contrario…


– … ni la oferta de negociar esta modificación genética quedan bajo mi sola autoridad.



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