
La primera en la casa, después de don Merlín, era mi señora ama doña Ginebra. Era una señora muy sentada, verano e invierno con su pelerina negra bordada de abalorios. Tampoco era del país, y prendía algo en el habla. Tenía un pelo rubio muy hermoso y largo, que recogía en un grande moño, y nunca vi piel tan blanca como la suya. Alta, y más bien gorda, tenía un gran andar, y era de suyo muy graciosa en el mando, algo súbita, eso sí, y por veces seca, pero buena mantenedora de la gente y del ganado. Apenas salía de casa, y por las tardes se sentaba en el salón, junto al balcón grande, a bordar en un gran paño que iba envolviendo poco a poco en una caña de plata. En invierno gastaba mitones de lana y en verano de hilo blanco, muy calados y con florecillas bordadas. De cuando en veces paraba de bordar para rascarse las espaldas con una manecilla de boj que tenía, montada en una varita de avellano. Algo de tristeza creo yo que llevaba aquella doña Ginebra en los negros ojos, y si te sonreía, que no lo tenía por costumbre, era como si pidiese la limosna de que tú sonrieses también. Decían que era viuda de un gran rey que murió en la guerra, y que tuvo la noticia por un cuervo cuando ella estaba de visita en Miranda, probando un peine de oro. De señorío era, y don Merlín la titulaba al hablarle, y en la cocina no ponía mano, como no fuera para adornar la colineta los días de fiesta.
