
La mano de los trabajos quien la llevaba era Marcelina, una camarera de unos cuarenta años, regorda y pequeña, muy colorada, gran habladora, y se la tenía por cocinera de mérito. Tenía mano de todo: de los trabajos de la casa, del ganado de cuadra y de redil, de las criadas y de la labranza, de la feria y de los pagos. La encantaban las novedades, y cuando venía un señorito de visita, aunque fuera un infiel, quedaba enamorada de él por más de un mes. Pasaba por parienta del amo y sobrina del escribano de Azumara, y lo que más le gustaba, después de que le llamaran doña Marcelina, era que la creyeran en el secreto de los que venían a la consulta de don Merlín.
– Ese caballero que vino ayer a la noche, era un correo del rey de Francia, que tiene miedo que le malpara una bija. Lo conocí por la espuela negra y una llave de plata que traía al cinto.
Todo sabía Marcelina, todas las señas de los que iban y venían, y los siete pareceres que hay en cada historia. Para mí fue buena madrina, salvo que divulgaba, burlándome, que yo andaba pellizcando las mozas. Para el caballo Turpín y para los perros Ney y Nores, y para ir a Meira a mandados, injertar cerezos y llevar cuenta de los obreros que venían a los trabajos, estaba José del Cairo, que era un mozo muy alto y algo metido de hombros, con el pelo rizo, los ojos pequeños y chispos, y muy burlador; en hombre de tanta guinda pasmaban las manos pequeñas y amadamadas que tenía., y era mañoso para cualquier arreglo, y también loco por la caza.
