
Contábamos el número de veces que nos llamaban señor. Recordábamos las mejores anécdotas y nos las contábamos, el uno al otro, con el tono que dos viejos rouésemplearían para rememorar sus conquistas amorosas. Por supuesto, nunca habíamos olvidado la primera vez.
Mi primera vez, con la cual todavía me regodeo de felicidad, fue el día en que me tomaron medidas para mis primeros pantalones largos. Fue en Harrow, en una tiendecita alargada, como un pasillo, cuyas paredes estaban ocultas por montones enormes de cajas de ropa. Hileras de cazadoras de camuflaje y pantalones de pana, tan rígidos como el cartón, la convertían en una pista para carreras de obstáculos. Fuese cual fuese el color de la ropa que uno llevara antes de entrar en la tienda, siempre salía de gris o de verde botella. También vendían prendas marrones, pero nadie, me aseguró mi madre, usaba el marrón antes de jubilarse. En aquella ocasión, yo iba a salir de gris.
Mi madre, aunque tímida en la vida social y familiar, era siempre muy autoritaria y precisa en las tiendas. Algún instinto profundamente arraigado le decía que allí existía una jerarquía inamovible.
– Por favor, Mr. Forster, un par de pantalones -ordenó con inusitada resolución -. Grises y largos.
– En seguida, señora -dijo con amabilidad excesiva Mr. Forster. Y luego, mirándome a mí -: Largos. En seguida, señor.
Podía haberme desmayado; podía, por lo menos, haber sonreído. En cambio me quedé quieto, indefenso de pura felicidad, mientras Mr. Forster, para mayor honor, se arrodillaba a mis pies.
– Será un momento, señor. Mire hacia adelante. Póngase derecho. Por favor, separe las piernas, señor. Eso es.
Tiró de una cinta métrica que llevaba colgada al cuello, ciento ochenta centímetros que terminaban en una plaquita de latón. La sujetó por el ciento cincuenta, más o menos (presumiblemente para no quedarse corto) y me aguijoneó con ella tres veces en la entrepierna.
