– No se mueva, señor -dijo con una zalamería dedicada sobre todo a mi madre, no fuera ella a preguntarse por qué tardaba tanto. Pero era imposible que me moviera. El miedo que se puede sentir por los genitales, el miedo, incluso, a ser arrastrado al interior del probador para ser brutalmente violado, no es nada comparado con el hecho de ser reconocido como un hombre. Era tal ese placer desconcertante, que ni siquiera se me ocurrió susurrar, a modo de alarmante alivio, el grito del colegio: ¡Perdición!

3. Conejos, seres humanos

– Perdiciiiiición…

Era el grito de guerra del colegio. Lo lanzábamos modulándolo tal y como imaginábamos los aullidos de las hienas. Gilchrist producía la versión más chirriante y aterradora; Leigh, una especie de sollozo desgarrador durante la parte vocálica del alarido; pero todos éramos capaces de hacerlo, al menos, aceptablemente. El grito voceaba, aunque fuera en broma, el obsesivo miedo de la persona virgen a la castración. Lo soltábamos en toda ocasión adecuada: cuando se caía una silla, cuando se le pisaba un pie a alguien, cuando se perdía un estuche de lápices. Llegó a formar parte, incluso, de un paródico inicio de nuestras peleas: los combatientes avanzaban apretándose la ingle para protegerla con la mano izquierda y alargaban el brazo derecho, con la palma de la mano hacia arriba, moviendo los dedos como si fuesen garras. Los espectadores, mientras, dejaban escapar vicarios chillidos en pequeña escala de «perdiciiiiión».

Pero la parodia no excluía el escalofrío. Todos habíamos leído algo sobre las castraciones que los nazis realizaron con rayos X, y nos mofábamos unos de otros con la posibilidad de que eso sucediera. Porque de ocurrir, todo habría terminado: la literatura demostraba que uno engordaba y acababa con un papel de figurante en la vida, cuya única opción era hacer que los demás lo pasaran bien. A no ser que las circunstancias económicas lo forzaran a uno a convertirse en un cantante de ópera en Italia. No estábamos del todo seguros de cómo comenzaba este terrible proceso, pero tenía algo que ver con vestuarios, lavabos públicos y viajes en metro a altas horas de la noche.



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