
Yo era moreno como Toni, pero algunos centímetros más alto. No faltaría quien dijera que estaba demasiado delgado, pero prefería pensar que tenía la fuerza restallante de un joven brote. Yo esperaba que mi nariz aún creciera un poco más. No tenía manchas en las mejillas, aunque, de vez en cuando, una indiferente avanzadilla de acné me invadía la frente. Lo mejor que tenía, creía yo, eran mis ojos: profundos, lóbregos, llenos de secretos aprendidos y por aprender (al menos, así era como yo los veía).
Era un rostro inglés muy poco llamativo, que encajaba bien con ese ligero aire de expatriación común a todos los que vivían en Eastwick. Todos los de esa barriada de unos dos mil habitantes parecían venir de otra parte; atraídos, quizá, por la solidez de sus casas, la seguridad del servicio ferroviario y la buena calidad del terreno para la jardinería. Me parecía tranquilizador el acogedor y confortable desarraigo del lugar; aunque solía quejarme a Toni diciendo que prefería algo…
– …más radical. Me gustaría, cómo decirlo, algo más rústico, más despojado.
– Querrás decir algo más rústico y viciado.
Bueno, sí, eso también, supongo. Al menos es lo que creo.
– Où habites-tu? -nos preguntaban año tras año en las prácticas de francés oral. Y yo siempre respondía satisfecho:
– J'habite Metrolandia.
Sonaba mejor que Eastwick, más extraño que Middle-sex; era, sobre todo, un concepto mental más que un lugar donde se pudiera ir de compras. En efecto, cuando el ferrocarril metropolitano se extendió hacia el oeste en la década de 1880, quedó abierta una estrecha franja de tierra sin ninguna unidad geográfica ni ideológica: se vivía allí porque era un área de la que era fácil salir. El nombre de Metrolandia -adoptado durante la Primera Guerra Mundial tanto por los agentes de la propiedad como por la misma empresa del ferrocarril- dio a ese cordón de barrios suburbanos una falsa integridad.
