
Me sabía todos los anuncios de memoria, y las distintas decoraciones de sus techos abovedados como un barril. También conocía hasta dónde llegaba la imaginación de la gente que retocaba los NO FUMAR de los adhesivos de las ventanas con nuevas consignas: NO RONCAR era la variante más popular de todas, NO FOLLAR una incógnita durante años, NO ENGATUSAR la idea más caprichosa. Una tarde oscura me colé en un vagón de primera clase, y me senté, bien erguido, sobre uno de los mullidos asientos, demasiado asustado para mirar a mi alrededor. Otra vez, llegué a introducirme por error en el compartimiento especial y único que iba a la cabeza de cada tren y que estaba protegido por un letrero verde: SOLO DAMAS. Había cogido el tren por los pelos, después de cruzar corriendo los pasillos y sentía cómo mi respiración se hacía omnipresente por encima de la silenciosa desaprobación de tres señoras vestidas de tweed, aunque mi miedo se aplacó no tanto por su silencio como por mi desilusión al comprobar que el compartimiento no tenía ningún accesorio especial indicativo, aunque sólo fuera indirecto, de lo que hacía diferentes a las mujeres.
Cierta tarde en que ya había terminado los deberes y tenía la mente en blanco, volvía a casa desde Baker Street en el tren de las 4:13, mirando las líneas color rojo subido del mapa del metro, que ocupaba la parte central bajo la rejilla de los equipajes. Iba leyendo los nombres de las estaciones como si fuesen las cuentas de un rosario, cuando una voz a mi derecha anunció:
– Verney Junction.
Será un viejo maricón, pensé: un burgués degenerado. Los arabescos que los reflejos del sol bordaban en sus escarpines eran lo más próximo al vigor y a la vida que él podría conocer, pensé. Seguro que estaba syphilisé. Qué pena que no fuese belga. Aunque quizá lo fuera, después de todo. ¿Qué me había dicho?
– Verney Junction -repitió-, Quainton Road. Winslow Road. Grandborough Road. Waddesdon. Nunca has oído hablar de ellas -dijo, seguro de sí mismo.